Leyendas suburbanas

La Plata: "El diablo en el altar"

Por Valdemar Tzará, Recuperador de historias orales, propias y ajenas.- El impacto de aquella historia, la historia del diablo en el altar, sólo duró media hora. Nunca nadie volvió a mencionarla. Y eso que fue un escándalo. Su vocero tenía 8 años, estaba cursando el segundo grado de la primaria y asistía a catecismo porque iba a tomar su primera comunión en la iglesia parroquial de la escuela. Para mi compañero, el pibe cuyo nombre no debo mencionar, fue un año muy importante: hizo su primer gol en los partidos de fútbol que se jugaban en los recreos, escuchó por primera vez a los Beatles y vio al diablo en el altar.


El cura Marcelino lo eligió para que sea uno de sus monaguillos (el otro era yo) y le dijo que tenía que leer los Evangelios en misa y que eso, incluso, le iba a resultar mucho más útil que el catecismo, para preparar su primera comunión. Pero, más que nada, lo eligió porque era el único que “leía de corrido”. Y “leía de corrido” porque la madre, maestra frustrada, lo alfabetizó antes de que empiece la escuela. Por eso se aburría mucho durante el primer y segundo grado, porque ya sabía leer, escribir, sumar, restar, dividir y multiplicar. Sólo le resultaban atractivos los partidos de fútbol en los recreos y ahora, en su segundo año de escuela, la lectura en público de los Evangelios.

Así que el pibe cuyo nombre no debo mencionar comenzó a leer los Evangelios en su casa, sobre el colchón de la música beatle, y un domingo a la mañana, antes de su primera misa, antes de su primer gol, se paró frente al cura Marcelino, que estaba conmigo preparando el cáliz, las hostias y no sé qué más…

- Acá dice que la muerte y la resurrección le dan sentido a la vida. Pero nadie resucita.

- ¿Cómo que no? ¿Y Jesús?

- Que yo sepa, fue el único.

- ¿Cuándo vas a hacer un gol?

- Voy a hacer un gol cuando ese gol sea imprescindible.

- Hay gente esperando para celebrar la misa. Vamos.

Ese gol, su primer gol, llegó a los dos o tres días de su primera misa. Pero no fue un gol imprescindible, sino bastante polémico. La pelota, que venía impulsada desde el córner por el mejor jugador del equipo, le rebotó en la frente y entró. El pibe cuyo nombre no debo mencionar corrió feliz al grito de “yo lo hice”, “yo lo hice”, pero muchos decían, sobre todo el mejor jugador del equipo, que la pelota ya estaba adentro cuando rebotó en su frente, que fue un gol olímpico. Sin embargo, él porfiaba que estaba parado justo sobre la línea (imaginaria, claro) y que si él no hubiese estado allí, la pelota hubiera seguido su curso hasta las manos del arquero, que estaba detrás suyo. La polémica persistió durante semanas, mucho más que la historia del diablo en el altar.

Al domingo siguiente, cuando llegué y lo vi allí sentado, leyendo, sospeché que la inquisición pagana iba a continuar. El cura Marcelino llegó detrás de mí, pero no sospechó nada…

- Marcos destaca la humanidad de Jesús

- Ajá. ¿Y?

- ¿No está negando que sea el hijo de Dios?

- Fue gol. Yo lo vi clarito…

- Entonces, dígaselo a todos…

- Hay gente esperando para celebrar la misa. Vamos.

Al tercer domingo, el cura Marcelino llegó junto conmigo y cuando lo vio leyendo tuvo la certeza de que la inquisición pagana no había terminado…

- Mateo lo presenta a los judíos como el Rey. Lucas lo presenta a los griegos como el hijo del hombre. Juan lo presenta a todos los hombres como el verbo encarnado. Pero Marcos lo presenta a los romanos como el siervo. ¿Qué era un siervo por aquellos tiempos?

- Un servidor público.

- Un político.

- De los 662 versículos que componen el Evangelio de Marcos, 406 son comunes tanto con Mateo como con Lucas, 145 sólo con Mateo y 60 sólo con Lucas. Únicamente 51 versículos de Marcos no tienen paralelo en ninguno de los otros dos. A partir de ahora, elegí los que no se repitan con los otros evangelios, para leerlos en misa durante los próximos cuatro domingos.

- ¿Y Juan?

- El Evangelio de Juan es el cuarto del Nuevo Testamento. Tiene muchas diferencias con los otros tres, que relatan la vida de Cristo desde un punto de vista común. Juan es otra cosa. Es el último Evangelio. Lo dejamos para más adelante. Hay gente esperando para celebrar la misa. Vamos.

Fue un lunes, no recuerdo cuál, en el recreo anterior a la clase de catecismo. El pibe cuyo nombre no debo mencionar no estaba jugando al fútbol y eso al cura Marcelino, que disfrutaba el partido desde la galería descubierta de la escuela, le pareció raro. Miró para todos lados, pero no lo vio. La catequista se le acercó en ese momento y le dijo, alterada, que el pibe cuyo nombre no debo mencionar había dibujado en su cuaderno a Adán y Eva desnudos.

- Está por terminar el recreo. Vamos al aula. Hablaremos con todos sobre el pecado original.

El recreo terminó y todos fueron a sus aulas. En la de segundo grado se daba la clase de catecismo y en un minuto estuvieron todos los pupitres ocupados. Sólo faltaba el pibe cuyo nombre no debo mencionar y el cura Marcelino tuvo una nueva certeza: se viene otra inquisición pagana, esta vez en público.

A los pocos segundos, el silencio del aula se rompió. El pibe cuyo nombre no debo mencionar entró gritando “está el diablo en el altar, está el diablo en el altar”. Y todo fue un caos. El cura Marcelino se agarró la cabeza. El pibe cuyo nombre no debo mencionar se sentó en su pupitre y dijo serenamente: “Es cierto”. Muchos alumnos comenzaron a llorar, unos pocos salieron corriendo de la escuela hacia sus casas, la maestra de catecismo estaba paralizada. Docentes y alumnos de otras aulas comenzaron a agolparse en la puerta de segundo grado, sin entender qué pasaba. La directora llamó a la policía.

El cura Marcelino tomó tranquilamente de la mano al pibe cuyo nombre no debo mencionar y juntos fueron a la iglesia. Sólo ellos dos. Nadie se atrevió a dar un paso. Llegaron dos policías y se encontraron en la puerta de la escuela con la directora. Uno de ellos le preguntó qué había pasado y ella le dijo que estaba el diablo en el altar. Los policías se miraron y el otro le preguntó si estaba el cura. La directora le dijo que sí. El primer policía le dijo que ellos no tenían nada que ver con eso, que eso era asunto del cura. Y se fueron.

Al rato, el cura Marcelino salió de la iglesia, llevando de la mano al pibe cuyo nombre no debo mencionar. Les dijo a todos que aquel gol había sido legítimo y le pidió a mi compañero que recite de memoria uno de los últimos párrafos del Evangelio de Marcos…

- ¿Buscan a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Miren el sitio donde lo pusieron. Pero vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que Él va por delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, como les dijo. Ellas, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, salieron huyendo del sepulcro. Estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían.

Todos fueron a sus aulas y una vez en la clase de catecismo, el cura Marcelino reemplazó unos minutos a la catequista. Se olvidó del pecado original, pero recomendó a todos que no dibujaran desnudos a Adán y Eva.

- En esa época no había ropa.

- No. Había hojas de parra.

Poco tiempo después, el cura Marcelino dejó los hábitos y se casó con la maestra de quinto grado, con la que todos sabíamos que mantenía un secreto romance desde hacía mucho tiempo. El pibe cuyo nombre no debo mencionar siguió su vida con la normalidad de toda vida y hace poco volvimos a encontrarnos. Sigue escuchando a los Beatles, pero ya no juega al fútbol ni lee los Evangelios. Recordamos aquella historia, celebramos que nunca le pregunté ni me contó si había sido cierta y enaltecimos el hecho de que nunca me contó ni le pregunté qué había pasado aquel día dentro de la iglesia. Antes de irse, me recomendó un cuento de Borges que había descubierto en su adolescencia y que de vez en cuando releía: “El Evangelio según Marcos”. Su hipótesis es que el cura Marcelino fue la “musa inspiradora” de ese cuento, porque seguramente analizaron juntos el Evangelio las dos o tres veces que el cura visitó al ciego en la casa de una viuda de Ringuelet.