Literatura

Virginia Woolf y el travestismo inspirador

Desde la juventud cultivó la novela psicológica de vanguardia y desarrolló la técnica del fluir de la conciencia.  
Por Matilde Sánchez


“Y Orlando despertó. Se desperezó. Se levantó. Se irguió completamente desnudo ante nuestros ojos y mientras las trompetas rugían, '¡Verdad!, ¡Verdad!, ¡Verdad!', no tenemos más opción que confesarlo: él era una mujer.”

Los clásicos no están sujetos a la tiranía banal del spoiler. Orlando, una biografía lo es. La novela más tersa y veloz de Virginia Woolf, traducida por Jorge Luis Borges (aunque el rumor siempre atribuyó esa tarea a su madre, Leonor Acevedo) conoce un revival desde hace décadas, impulsado sobre todo por las luchas por los derechos civiles. Las lecturas queer la convirtieron en precursora, en el emblema de la sexualidad fluida. Acaba de ser publicada en un bellísima reedición, con prólogo de la brillante novelista inglesa Jeannette Winterson e ilustraciones de Helena Pérez García, en la exquisita Lumen. Se trata de una novela sobre el devenir y el cambio perpetuo, encarnados en una identidad que atraviesa los siglos mutando sin traicionarse. Winterson ve en ella “una sátira brutal sobre el sexismo”. Es, además, una de las novelas inglesas más divertidas de todos los tiempos… Los motivos del fervor por Orlando siempre fueron su originalidad y un desparpajo en la trama que casi emparenta a la autora con Kafka, en el arte de contar lo inaudito sin apelar a lo fantástico. Todo lo que le ocurre a Orlando es real –quizá la primera forma de un realismo maravilloso.

A mediados del siglo XVI, la vida de este joven privilegiado recuerda una tardía novela de caballería –con su melancolía por aventuras que han perdido audacia. Pero hacia la mitad, entre sus muchas andanzas, el muchacho experimentará la más inconcebible, el cambio de sexo.

Orlando es la narración testigo de la cultura queer, del mismo modo en que De Profundis y La Balada de la cárcel de Reading reivindican de modo pionero la cultura homosexual. Se publicó en 1928, cuando Virginia tenía 40 años, y su siguiente libro, el ensayo Un cuarto propio, se convirtió en lectura capital del feminismo inglés.

Quizá el mayor mérito literario de Orlando, las palabras con que le habla al presente, es el que se destaca en el prólogo. Winterson subraya la alegría inspiradora con que Orlando se entrega a la sorpresa, dócilmente, buscando vivir para entender. Alegría, resalta, habida cuenta del doble sentido de la palabra gay en inglés. Como si la novela, ¡ja!, hubiera tocado la campanada inicial para el cambio de una época y no lo contrario. Winterson concluye en lo revulsivo de esa alegría; será su “gaya ciencia” para vivir una posteridad fuera de todo cálculo.

Nacida en 1882 en Inglaterra, Woolf era hija de un escritor; desde la juventud cultivó la novela psicológica de vanguardia, y desarrolló con genio inigualable la técnica del fluir de la conciencia y el monólogo interior, en torno de tramas mínimas.

Orlando está dedicada a su gran amiga y ocasional amante, la ideosincrática narradora Vita Sackville-West, compañera del círculo literario Bloomsbury group y una muy apreciada novelista de su época. De las dos, Vita era quien encarnaba la energía vital; de hecho, solía travestirse de varón para visitar a sus señoritas queridas. Las eras de la Reina Victoria y Eduardo VI, con todo su altisonante palabrerío conservador, fueron también un período en el que el transformismo tuvo cultores célebres.

Virginia era enferma de depresión; esto acabaría empujándola al suicidio. En una de sus últimas notas a su marido, escribe: “Siento que me vuelvo loca otra vez. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles.” A los 59 años, con su abrigo puesto –y los bolsillos llenos de piedras-, Virginia se internó en el río Ouse, cerca de su casa. ¿Qué llevaría puesto y que sexo habría asumido al emerger del otro lado? (C)