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Las cataratas de Segey

El director Pedro Barandiaran habla de Segey, un documental que retrata a un exiliado soviético que vive en La Plata, que tiene en su pasado a la guerra y a un hijo que lo reclama, y que sueña con viajar a las Cataratas del Iguazú para pintarlas.
Por Carolina Palacio


La ciudad de La Plata es el escenario que habita un hombre de escasa estatura, con unos peculiares bigotes y solo 42 kilos a cuestas. Pareciera no alcanzar para hacer un film, hasta que habla. Su castellano incómodo deja entrever desde el comienzo el exilio y un misterio que ni él mismo parece saber cómo develar. También sus silencios desnudan el desarraigo, ese de estar sin terminar de pertenecer. Su nombre es Segey, al igual que el del documental, y nació en Estonia. Atravesó desde la guerra contra Afganistán hasta la convivencia con la realeza en Marruecos, sirviendo al rey. Después de esos torbellinos arribó a la Argentina a fines de la década de 1990, y aunque critica duramente a los políticos del país, no piensa en irse.  Ni él tiene claro cómo decidió su destino, pero llegó y acá es pintor autodidacta, que pincela las Cataratas del Iguazú sin haberlas conocido, pero que anhela hacerlo. Cada pizca de él refleja su imbricada historia, la que atrapó y le rogó ser contada a Pedro Barandiaran, su director. Segey, al igual que el del documental, y nació en Estonia. Atravesó desde la guerra contra Afganistán hasta la convivencia con la realeza en Marruecos, sirviendo al rey.

Segey ganó el premio a mejor película en el Festival de Cine Documental de Buenos Aires y se proyectará todos los viernes de octubre en el Centro Cultural Recoleta. Cuando se piensa en la vida de una película, sobre todo en un documental, es imposible no preguntarse cómo se gesta, qué hace que historias tan pequeñas lleguen a la pantalla grande y merezcan ser visitadas. Cómo se confía en que esa vida será capaz de remover a otras. Barandiaran empezó dejándose llevar por su curiosidad: “Conocí a Segey a partir de una nota que leí en un diario de La Plata, en 2012 –dice el director-. Había un mapa que mostraba dónde quedaba Estonia, y una foto de Segey sonriéndole a un periodista detrás de cámara. La nota no estaba firmada. Eran los highlights de su vida. Me fascinó el aspecto que tenía Segey, parecía un personaje de una película del finlandés Aki Kaurismäki. Lo empecé a investigar por Internet y unos meses después lo fui a conocer a un centro cultural, donde decían que estaba dando un curso de pintura. Cuando fui, tenía una sola alumna, que pintaba en caballete un cuadro de las Cataratas. Todavía estaba lejos de ser una película, pero intuía que tenía un buen personaje”.

En el relato, el protagonista muestra sus pinturas de las Cataratas con orgullo y se convierten en la puerta de entrada  a su universo. No las conoce pero buscó fotos en Internet y parecen haberlo conmovido desde el principio. De pocas palabras, pero seleccionadas con pinza: “Mucho más mejor mirar originales, pero es lejos”, dice Segey. A partir de esa frase, exclamada en su castellano con extraña sintaxis, nace un suceso central de la película: su viaje a las Cataratas, que irrumpe en su vida como una manera de hacer posible lo imposible, y de ver en una persona que atravesó la guerra y el desarraigo, la fragilidad de un niño que se conmueve ante lo desconocido.

“A medida que nos conocíamos me iba contando con más detalle las aventuras de su vida, que eran increíbles y parecían no agotarse nunca. Un día le pregunté por su familia, y me contó algo que en la película pasa un poco desapercibido: había hecho la promesa de no sacarse el bigote hasta reencontrarse con Vadim, un hijo treintañero que había dejado en San Petersburgo”, explica Barandiaran, demostrando cómo el protagonista fue soltando de a poco la sensibilidad de los detalles. Por más que expresaba no querer volver a su país y haber sufrido mucho, tenía algo allá lejos que había dejado y le pertenecía, ese hijo al que aún estaba unido por la inmutabilidad de su aspecto físico, a modo de promesa, de lealtad, o  de demostración de amor.

Cuando el director descubrió que la contraseña de la casilla de correo electrónico de Segey es la fecha de nacimiento de su hijo, se aseguró de que la historia merecía ser contada y que ese vínculo iba a ser parte del núcleo. A mitad del relato se hace presente Vadim de manera disruptiva, y es una sacudida emocional en el protagonista y por ende, en los espectadores. El abandono reclama y a la vez el cariño se mezcla con el dolor, en una enredadera de contradicciones. Pero no hay dudas de que le importa y que todo el misterio que abraza los recorridos de su vida son demolidos cuando el hijo lo interpela. “En el desarraigo que él narraba, tener un hijo y la expectativa por volver a encontrarlo era una fisura, una contradicción –dice el director-. Había aparecido un elemento que en su relato de refugiado él decidía suprimir, la familia, pero que era imposible de ocultar por su densidad, un agujero negro que ponía todo a gravitar”.

Durante todo el documental la cámara realmente parece invisible, ya que el protagonista fluye y se desnuda como lo haría en la soledad de un domingo con las persianas bajas. Este resultado deviene de un proceso de dos años de arduo trabajo para conocerlo y crear la confianza necesaria para experimentar. Además, el equipo de trabajo casi que convivió con Segey durante dos semanas, que fue lo que duró el rodaje. Con respecto al protagonista, el director expresa: “También hubo una entrega muy grande de su parte que fue fundamental. Él sabía perfectamente cómo funcionaba esa relación de sujeto y observador, incluso más que yo, y se dejó llevar por lo que proponíamos. Cada vez que prendíamos la cámara surgían cosas muy buenas, de una frescura muy genuina. Sus tiempos dentro del plano son preciosos, y fue lo que me permitió encontrar en el montaje el ritmo de la película”.

Los sesenta minutos que dura la película son punzantes y claros en el mensaje, pero aún así, no se cierran todos los interrogantes que envuelven a Segey. En este sentido, Barandiaran expresa: “Empecé a filmar con las mismas dudas que tenía cuando lo conocí, y las sigo teniendo ahora. Hacer la película no me dio una respuesta sobre las tribulaciones de Segey, y entendí que tampoco iba a poder dárselas al espectador, no quería clausurar nada”. En ese sentido, el documental invita a una construcción activa por parte del público, para intentar soldar los agujeros desde la imaginación. En esta línea, el director expresa que su intención es provocar un sentimiento genuino, acompañarlo sin juzgar e intentar comprender. Por más que su historia sea parecida a muy pocas, la espina dorsal de Segey son sentimientos universales: el miedo, la soledad, lo pendiente e inconcluso, la soledad y hasta la contradicción de no parar de fumar aunque cueste respirar. “La mayoría de las personas están limitadas por dificultades para comunicarse, en una lucha constante consigo mismas –concluye Barandiaran-. Esta es una película que presenta un personaje encerrado, pero que además está al margen de todo, casi colgando del mundo. Y acercarse a su historia es para mí una manera de ensanchar ese margen, que es donde en definitiva creo que habitamos todos”. (Anccom)

Segey se proyecta en el Centro Cultural Recoleta todos los viernes de octubre a las 21.