JAZZ

Perry Smith, figura de la nueva escena neoyorquina del jazz, tuvo su estreno en Buenos Aires

La agenda musical porteña incluyó, a modo de excepción para la baja intensidad de la primera quincena de enero, una presencia inusual: la del guitarrista y compositor estadounidense, quien ofreció dos conciertos en continuado, en la sala de Bebop Club, en San Telmo.


El mero origen californiano del guitarrista, criado en San Francisco, habilita la sospecha sobre la pertenencia de Smith a la mejor tradición de la música popular estadounidense; de hecho, como forma de afirmar la modernidad de su sonido, se insiste en señalar –en relación precisamente con su marca territorial- su inclinación a la fusión con el folk, el rock y el blues a modo de quien renueva a partir de elementos propios de otros paradigmas.

Pero, más allá de los perfiles públicos y sus comodidades, Smith mostró el viernes por la noche en Bebop un programa que –sea más o menos innovador- se halla encuadrado, sin conflicto alguno, en el lenguaje del género. Si el ser y el pertenecer se modelan, en un sentido lacaniano, a través de la relación binaria con el otro; Smith construye su identidad estética en espejo con la tradición. Es y pertenece.

No se advierte allí negación alguna a su originalidad, que sin dudas la tiene. Sobresale, en principio, cierto ánimo de recuperación por la centralidad de la guitarra en la formación jazzística que a veces tiende a ser expulsada o colocada en subordinación al piano en la jerarquía tímbrica de la especie. Así, en Buenos Aires, Smith se acomodó su habitual quinteto a un esquema de cuatro instrumentos (sin saxofón), apuntalado por Jarret Cherner (piano), Matt Aronoff (contrabajo) y Shawn Baltazor (batería).

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