ESTRENO

En "Heterofobia", Goyo Anchou propone una revolución en contra del patriarcado heterosexual

El cineasta Goyo Anchou estrenó en el Malba su más reciente e irreverente producción, “Heterofobia”, una ficción experimental en la que retrata el viaje iniciático de un joven gay enfrentado al desamor y al orden establecido, en una suerte de revolución contra el patriarcado heterosexual que utiliza al sexo como una forma capitalista de jerarquía, poder y dominación.


'Heterofobia', de Goyo Anchou.

“Quería hacer 'La hora de los hornos', de Pino Solanas, pero maricona. Pero además, en esa voz en off que llama a la revolución contra el patriarcado, resuena el final de 'Los traidores', de Raymundo Gleyzer. Mi película es una combinación de esas viejas películas revolucionarias, es hija directa de esas estéticas, pero aplicadas a la política de género”, explicó Anchou, cuyo filme se verá todos los sábados a las medianoche en el Malba.

Protagonizada por Mariano Molina, Marcelo Páez, Ariel Núñez y Mad Crampi, entre varios otros actores y no actores, “Heterofobia” es “un tango-puto-satánico” ultraindependiente, filmado con los propios recursos del director, sin ningún apoyo privado ni estatal, en el que se asiste a una historia clásica sobre la odisea y caída a los infiernos de un joven gay que sufre un desengaño violento con un amigo heterosexual.

Pero a ese clasicismo narrativo, Anchou le opone una forma visual absolutamente revolucionaria y personal, en la que superpone -en complejísimas sobreimpresiones- imágenes propias y ajenas, texturas, colores, formas, personajes y símbolos alegóricos, además de numerosas músicas, sonidos y voces en off que van relatando la historia del protagonista y componen una especie de omnipresencia múltiple.

Ganadora de la Mención Especial del Jurado de la Competencia Internacional del Festival Asterisco 2015, la nueva película del autor de “Safo”, “una remake trash” de la película homónima de 1943, relata el descenso a los infiernos de un joven que, habiendo sido violado y luego rechazado por un amigo heterosexual, siente culpa -como muchas víctimas de violaciones- pero luego se rebela y emprende una revolución personal contra todos los machos heterosexuales.

“En el fondo del infierno hay una puerta que lleva directo al paraíso”, afirmó Anchou, y agregó que en la sociedad capitalista “hay una situación de sometimiento y dominación, donde hay putos que se someten a esa violencia de manera sumisa. Al contrario, yo pienso que a la bota que te aplasta tenés que enfrentarla. Por eso la película es un grito político de género que reclama algo desde el espacio simbólico, pero diciendo cosas que necesitaban ser dichas”.

En una entrevista, Anchou aseguró que la reacción de rebelión del protagonista, que luego se enfrenta contra su sometimiento, “tiene relación con la propia rabia y la heterofobia. La víctima de violación primero se siente culpable y, en vez de acusar al agresor, se acusa a sí misma. Por eso, pasar a odiar al agresor es una maduración de sus sentimientos. Es una forma de empezar a oponerse al patriarcado”.

La dimensión política de la película va más allá de los temas conflictivos que pone en el tapete -especialmente el sometimiento y desprecio heterosexual hacia los homosexuales- y se expande a la forma cinematográfica que elige Anchou para ponerla en escena, deudora del cine político de los años 60 y 70, ya que toma la forma del cine de guerrilla, profundizando en su fondo político de una manera activa y violenta.

En ese sentido, Anchou explicó que la estética de sobreimpresiones que viene trabajando desde su corto “El nombre de los seres” y el documental “La peli de Batato” “tiene que ver con poner cosas interesantes en la pantalla todo el tiempo para que haya muchas imágenes a la vez en un mismo plano y así contar varias cosas al mismo tiempo. Es un tipo de narración que vengo experimentando y trabajando desde hace más de diez años”, añadió.

Se trata de una forma de trabajar con el video, tal como lo hicieron Ricardo Becher y sus discípulos del “Neoexpresionismo Digital” -una corriente cinematográfica underground de principios del 2000-, como si fuera un lienzo para pintar y combinar imágenes y colores, no sólo por su función narrativa sino también para explorar la dimensión pictórica de la pantalla.

“Becher fue un maestro de vida y una referencia contracultural importantísima que marcó a toda una generación. Ellos buscaban trastocar las normativas técnicas y romper los colores hasta su pixilación, como una pincelada expresiva. Rompían la perfección técnica con fines expresivos, daban una imagen mucho más pictórica y experimentaban con las texturas, además de trabajar desde los márgenes y con muy poco dinero”.

Anchou, que acaba de ganar el Premio WIP del Festival Asterisco con “El tiempo de Sodoma”, una secuela de “Heterofobia” mucho más trash y explícita, también rinde culto al cineasta maldito Yago Blass (1908-1979), “un referente para mi cine de guerrilla, un 'looser' completo que hacía películas marginales condenadas al más absoluto fracaso. Como él, yo hago películas que las instituciones miran con absoluto desprecio”.

En la parte final de la película, el director somete a su protagonista a un ritual de iniciación digno del culto al célebre filósofo satanista Aleister Crowley, “una suerte de apertura cósmica que le abre una puerta dimensional. A él lo convierte en vampiro y, a partir de ahí, sale a cazar machos para comerles la pija. Es la liberación de la cárcel de la opresión a travé de las búsqueda de las llamas del infierno que destruyen esa realidad”.

Según Anchou, “el satanismo fue en Occidente el refugio de los condenados por la moral oficial heterosexual. Es una mística de la rebelión. Y no es magia negra, que es aquella que busca que alguien se corra de su camino para beneficiar a otros, sino que se trata de magia blanca, que hace que cada uno encuentre y refuerce su propio camino”.

Ensoñación, misterio, vampirismo, mutilación de penes y terror se adueñan de la película en su tramo final, mientras las voces en off se multiplican como si fueran las voces de la conciencia del protagonista, en una sensación onírica y psicodélica que hace que las imágenes de la mente empiecen a tener la sustancia de la realidad: “Son poemas y rimas -dijo Anchou- que remiten a algo profundamente autobiográfico”.

G