OBRAS

"Orlando. Una ucronía disfórica" apenas roza el original de Virginia Woolf

"Orlando. Una ucronía disfórica" es el espectáculo que Emilio García Wehbi estrenó en el Teatro San Martín protagonizado por Maricel Álvarez, también responsable de la adaptación y concepción, en el supuesto de que la base literaria reside en "Orlando. Una biografía", de Virginia Woolf, y se representa de jueves a domingos a las 20.


Con Álvarez como figura principalísima de la acción y la enunciación -hay mucho de discurso performático-, aparece también un personaje que podría ser un Superyó nacional (Horacio Marassi) de cara pintarrajeada, camiseta argentina con el número 10, zapatos con medias y en slip, cuya tarea es bailar tap, hacer jueguitos con una pelota de fútbol y hablar con la boca llena de pizza, entre otras ocurrencias.

Sentado en el extremo superior de una escalera y vestido de traje, el propio director y responsable del texto, lee cada tanto páginas literarias y filosóficas de orígenes deducibles aunque no necesariamente identificables al vuelo -por lo menos para quien escribe estas líneas- mientras en las amplias pantallas del fondo se proyectan imágenes vertiginosas y el Cuarteto de Cuerdas de la Untref acompaña con agradables pasajes, aunque también hay música y sonidos grabados.

"Orlando..." es una pieza llena de palabras, como el original en el que dice inspirarse, aunque curiosamente hay muy poco del "Orlando" de Virginia Woolf pese a los presupuestos ácratas, libertarios y fundamentalmente feministas que emite el personaje de Álvarez, que se declara asexuado e hipersexuado al mismo tiempo, sin género y aun superador del adivino Tiresias, quien fue hombre y mujer en forma alternada.

Hay mucho de verbalidad en la puesta, pero también hay sonidos que interactúan y tanto García Wehbi como Álvarez dibujan o escriben en la pared posterior, a veces para subrayar algún rasgo -como cuando la actriz aparece proyectada como Marat en su bañera- u otras con signos o letras invisibles por la distancia con la platea, como si la obra intentara atiborrar de significados al que la mira.

Lo visual, por cierto, no está descuidado en las proyecciones y busca un efecto hipnótico que disminuya la desproporción del gran escenario, utilizado casi en solitario por cada uno de los intérpretes, y ese estado anímico de desánimo o depresión que figura en el título ("disforia") adquiere una rara disolución al final, cuando una naturaleza muerta cobra vida, en sentido inverso de las cruentas experiencias que solía perpetrar Peter Greenaway en sus filmes de hace dos décadas.

Mucho de lo que sucede en "Orlando..." aparece como hermético, en sintonía con un teatro "para sí" del creador de El Periférico de Objetos, siempre obsesionado con no dejar indiferente al observador, pero su "adaptación" aparece como un capricho al recurrir apenas al texto de la escritora inglesa y adosarle elementos de la propia cosecha.

Desde hace algunas décadas se estila que con diferente suerte o capacidades intelectuales muchos directores, tanto locales como de otras tierras, pelen hasta el hueso famosas obras clásicas y las devuelvan en apariencia remozadas, como para hacerlas más comprensibles para las plateas actuales, pero nada vale si la esencia del autor original se disipa.

La circunstancia ha dado a luz expresiones poco felices de teatristas argentinos que contaban a quien quisiera escucharlos que habían "mejorado" parlamentos de William Shakespeare o apellidos afines, y lo único que habían logrado eran petulantes versiones personales -muchas veces válidas en su autonomía- pero no es justo decir que se adapta "Moby Dick" o "Memorias de una princesa rusa" y nutrirse apenas de una frase o situación.