Aniversario Editorial Malisia

Y que los cumplas muy feliz

Por Juan Francisco Altamiranda.- Pasaron cuatro años desde que Malisia irrumpió en el escenario de la literatura platense. El festejo tuvo todos los condimentos propios de la ocasión: torta, brindis, amigos cantando el feliz cumpleaños y muchos libros. Celebración de un proyecto que crece más allá de lo que señala el calendario


Al visitante circunstancial podrá resultarle llamativo lo ameno del ambiente, como de tertulia, que se respira en la esquina de 6 y 59. A primera vista parece tratarse de una librería cualquiera, las paredes están repletas de anaqueles con libros y hay una caja registradora en el mostrador,  pero existe algo engañoso detrás de esto. Para empezar, no cuentan con una vidriera de exposición y en ese detalle se encuentra un importante indicio que habla de una forma distinta de encarar un negocio librero, si es que es posible referirse a Malisia como un "negocio". 

Lo siguiente que puede llamar la atención es la falta de empleados ridículamente uniformados, con un gafete identificativo, que se lanzan sobre uno para neutralizarle la curiosidad y conducirla hacia una venta segura. Acá te dejan ser, podés chusmear con libertad y te tratan más como un amigo que como un cliente. El último toque distintivo se encuentra cruzando una de las puertas del fondo, subiendo la escalera que conduce a El Espacio, suerte de rincón cultural acondicionado para disfrutar de lecturas ocasionales, tomarse algún brebaje espirituoso y comer rico y barato. 

La jornada de esta noche reviste cierta importancia porque se trata del aniversario número cuatro para Malisia, acontecimiento que es distinguido por una colorida decoración, promociones y descuentos en la compra de libros de la editorial, piñata y la infaltable torta. Además, tuvieron la genial idea de hacer coincidir dicho evento con el ciclo de lecturas "Hasta que choque China con Africa", de manera que la apertura de esta fiesta corre por cuenta de los autores.

El primer tramo de este recorrido literario lo hace Jorge Consiglio que abre las puertas de su flamante libro Villa del Parque, y nos invita a espiar algunos pasajes de Jessica Galver, un relato que aborda los entretelones de un centro de endocrinología donde la paciente en cuestión busca un alivio para su carga de 207 kilos. La dicción de Consgilio es clara y su manejo de los tiempos brinda los huecos necesarios para que la audiencia reconstruya mentalmente los escenarios y las secuencias que forman parte de su relato. Le sigue Celeste Lucca, quien superando olímpicamente las dificultades de una inoportuna congestión, comparte el fragmento inicial de su cuento Cosecha de niebla, arrastrándonos por paisajes de una geografía accidentada donde lo peor acecha constantemente lo que queda de una diáspora familiar. Justo cuando la más oscura de las predicciones está a punto de cumplirse, Lucca cierra el libro y se nos invita a un breve cuarto intermedio antes de las siguientes lecturas.

El otoño ya deja sentir el frescor de su caricia, sin embargo en la terraza no dan a basto con el aforo, es imposible levantarse del asiento y no perturbar a nadie. La silueta de un gato gordo se destaca sobre un fondo de hojas amarilleadas por los faroles callejeros, el felino se mueve a sus anchas por todas partes, estudiando al público como si se tratara de una incordiosa visita. Por suerte, retoman las lecturas antes que pueda echarnos. 

Daniel Krupa se lanza a la carga anunciando que, a diferencia del resto, él se ocupa de un género mayor "que es la novela", abrupta manera de romper el hielo que no todos interpretan como chiste. Krupa comparte el episodio final de Dodge, relato situado en un futuro distópico donde un hombre y su auto están decididos a abrirse paso en un mundo decadente. Cuando el autor no se distrae pidiendo silencio a los de adentro, realmente logra subirnos al asiento trasero de su imbatible máquina automotora. 

Para el cierre, el micrófono cae en manos de Fernanda García Lao, que recorre su Carnívora a la forma del I Ching, abriéndolo en cualquier página y recitando el poema que el azar proponga. Así concluye la ronda de lecturas, entre aplausos y un improvisado cantico de feliz cumpleaños. Después viene la torta, el brindis, el baile y una serie de imágenes pérdidas, extraviadas en el trencito de la alegría.